CHEPEN
El río Jequetepeque desemboca en USA

Por: Isaac Goldemberg y Eduardo González Viaña

¿Hasta dónde nos acompaña la tierra natal cuando vivimos lejos? ¿En qué momento se nos olvidan el pueblo, la iglesia, el reloj público, nuestra gente?. Y si somos escritores o artistas, ¿qué importancia tiene el lar natal en lo que hacemos aquí en la distancia? El escritor y yo compartimos el pueblo de nacimiento, Chepén, en el valle del río Jequetepeque, del departamento de La Libertad, Perú.
I
EDUARDO: Cada persona en el mundo tiene un cerro, un río, un árbol. En el desierto del norte peruano donde nací yo, apenas pude hacerme compadre de un cerro. El cerro de Chepén. Creo que desde chico, estuve recibiendo sus mensajes y su fuerza. Aun ahora, a diez mil kilómetros al norte, lo siento, lo escucho. Es como si hablara conmigo en medio de mis sueños. Desdichados aquellos que en vez de un cerro, una lagartija, una montaña abrupta, un río tormentoso o un desierto, tienen un supermercado y la vista de mil edificios feos. Les debo a Chepén y a toda la entonces provincia de Pacasmayo, bañada por el río Jequetepeque, unos inmensos poderes que se me hacen presentes cuando me siento solo. Si no hubiera sido así, no habría tenido un abuelo que leía conmigo La Divina Comedia en italiano y me enseñaba a manejar pistola para dispararle a los fantasmas que me asustaban en mis sueños.
ISAAC: El cerro, el desierto y la acequia: fácilmente podría ser el título para una novela o para una historia de Chepén, porque son espacios emblemáticos de nuestro pueblo. Y el algarrobo: ésos son los elementos naturales que más han perdurado en mi memoria desde los ocho años, que es cuando me voy a vivir a Lima. Ya en la capital y luego en las otras ciudades donde me ha tocado vivir, esos elementos también han poblado mis sueños y, por esas casualidades maravillosas que tiene la vida, de niño me sirvieron de referente para vivir más de cerca y con mayor intensidad todos aquellos paisajes que invadieron mi imaginación como parte de mi cultura judía. Entonces el cerro de Chepén se convirtió en el monte Sinaí, la acequia en el río Jordán y el desierto chepenano en el desierto de la Judea bíblica. Y curiosamente, así, entremezclados, aparecen estos paisajes en mis historias y en mis poemas. La verdad es que me hubiese sido mucho más difícil sentir a plenitud el paisaje del Israel bíblico -e incluso del Israel moderno- sino hubiese tenido contacto con el paisaje de Chepén, porque para mí Chepén es como un pueblo sacado de la Biblia.
EDUARDO: Como a todos los paraísos, a la gente que vive en ellos le llega la hora de éxodo que, en un país centralista como el Perú, conduce a Lima y al infierno. Lima significa para muchos nadificarse y mimetizarse con los habitantes de la provincia de Lima. Hay que olvidar la campana de la iglesia, el sabor del pan de la plaza nueva, la alegría de la lluvia el día de San Sebastián, o los bostezos del mar en la playa de Pacasmayo. Hay que hablar con el acento y el dialecto limense. Hay que ser nada y nadie. A muchos, sin embargo, la provincia de Lima no nos llegó a convencer y nos empecinamos en seguir siendo gente de nuestra tierra. Debe ser por eso que cuando nos conocimos en Nueva York, en una reunión de personas que hablaban inglés, me dije "este compadre tiene cara de chepenano", y terminamos hablando en el idiolecto de Chepén como hacen cuando se encuentran los emigrados de una secta secreta o de una tribu perdida.
ISAAC: A mí también me resultó difícil adaptarme a Lima. Los dos primeros años me los pasé buscando situaciones y parajes que me recordaran a Chepén. Me iba a caminar por los descampados o me gustaba sentarme o recostarme sobre la grama de parques y plazuelas, igual como hacen hoy en día los provincianos recién llegados a la capital. También tenía unos amigos mayores que yo que les gustaba cazar tórtolas y pichones con sus escopetas de perdigones y entonces yo los acompañaba al bosque Matamula o a esos descampados que había en Breña. El primer año viví en Jesús María, a espaldas del Hospital del Empleado, que estaba en plena construcción. Mi casa quedaba en Comandante Lizardo Montero y había un pequeño canal de desagüe que corría justo al cruzar la calle. Entonces todas las tardes después del colegio yo me sentaba a la orilla de ese canal a ver correr el agua o a pescar recuerdos, imaginándome que estaba en la acequia de Chepén. Ya de más grande, cuando vivía en el centro, me gustaba frecuentar los callejones del Rímac o de los Barrios Altos porque la vida en esos lugares se parecía a la de Chepén: la gente era sencilla, todos se conocían y había una confianza tal que nadie cerraba la puerta de su casa durante el día. Otra cosa que me atraía de los callejones eran las jaranas criollas porque en ese ambiente me sentía transportado a las jaranas que se hacían en Chepén.
EDUARDO: Como Isaac lo ha contado, esta historia no termina en Chepén, ni mucho menos en Lima. Me da miedo que los habitantes de los centenares de chepenes del Perú se aneanticen, se conviertan en nada al llegar a la provincia de Lima y comiencen a hablar en el dialecto de allí. Si eso ocurre, el Perú de carne y hueso va a morir. Nosotros, los que venimos de los centenares de chepenes y no hemos perdido ni el rostro ni la voz tenemos voz suficiente para ser la voz del Perú. Aquella que desde lejos nos sigue dictando nuestro cerro. Bien se escriba, piense o recuerde la vida sobre las montañas o en sus faldas, quien no pierde el alma hace literatura andina. Y nuestra tierra nos persigue todo el tiempo. Debe ser por eso que, cuando recorro los cotidianos 20 kilómetros desde mi casa hasta el campus de la universidad, mi carro se alza sobre alguna cordillera de las Cascadas y se hunde de súbito junto a una laguna para después recorrer la margen derecha del río Willamette, y yo me digo: "He salido de Pacasmayo y ya he pasado San José. Poco me debe faltar para llegar a Guadalupe y a Chepén. Este río de al lado debe ser el río Jequetepeque."

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